Onryō
El espíritu vengativo del folclore japonés
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5 seres en el linaje
Comparten arquetipo
Otras lecturas de Goryō
El agravio como motor
El onryō (怨霊, «espíritu rencoroso») no se define por su aspecto sino por el motivo de su regreso: un agravio concreto, sufrido casi siempre en vida y casi siempre sin reparación posible. Mientras el difunto ordinario se marcha tras los ritos funerarios y se integra en el culto a los antepasados, el onryō permanece porque algo quedó sin saldar: una traición, una acusación falsa, un amor cortado, una muerte injusta. El rencor (urami) actúa a la vez como ancla y como combustible. La creencia es antigua: ya en el período Heian se atribuían plagas, incendios y desastres a los espíritus de los agraviados, y colecciones como el Konjaku Monogatari-shū (siglo XII) recogen relatos de muertos que retornan a cobrar deudas pendientes. El Ugetsu Monogatari de Ueda Akinari (1776) elevó el motivo a literatura: en sus cuentos el muerto vuelve con la puntualidad de un contrato, porque lo que lo mueve no es la maldad, es el agravio.
La imagen que fijó Edo
La estampa que hoy reconoce cualquiera (kimono blanco de amortajar, pelo negro larguísimo y suelto, manos caídas ante el pecho y ausencia de piernas) no es antigua: se estabiliza en la pintura de época Edo, y la tradición atribuye a Maruyama Ōkyo, en el siglo XVIII, el primer retrato canónico de un fantasma sin piernas. El kimono blanco es el kyōkatabira con que se amortajaba a los difuntos; el pelo suelto rompe el peinado recogido que el orden social exigía a la mujer viva. De la pintura pasó al grabado (Hokusai dedicó a Oiwa y a Okiku láminas de su serie Hyaku monogatari, y Tsukioka Yoshitoshi compuso sus «Nuevas formas de treinta y seis fantasmas») y al teatro kabuki, cuya maquinaria escénica de trampillas, muñecos y linternas que se rasgan hizo del onryō un espectáculo. El cine japonés de terror heredó esa estampa completa; lo que añadió el siglo XX se fecha, no se retroproyecta.
Las tres grandes historias de fantasmas
Japón condensó el arquetipo en tres relatos que la tradición agrupa como las tres grandes historias de fantasmas (Nihon san dai kaidan), y las tres protagonistas están en este catálogo. Oiwa, del Yotsuya Kaidan de Tsuruya Nanboku (1825), es la esposa desfigurada por el veneno de su marido: vuelve con media cara deshecha a devolverle la traición. Okiku, de la leyenda de Banchō Sarayashiki, es la criada acusada en falso de perder un plato valioso y arrojada a un pozo: vuelve a contar platos y nunca llega a diez. Otsuyu, del Botan Dōrō (un cuento chino aclimatado al japonés por Asai Ryōi y popularizado después por el rakugo y el teatro), es la enamorada muerta que visita cada noche a su amante con una linterna de peonías. Cada una encarna una variante del agravio: la traición conyugal, la injusticia del poderoso, el amor cortado por la muerte. Ninguna es un monstruo: las tres son víctimas primero, y esa inversión (la víctima sin poder que en la muerte se vuelve imparable) es el corazón del arquetipo.
Aplacar al que vuelve
La salida no es siempre vencer al onryō; a menudo es imposible. La tradición distingue aquí al goryō, el espíritu de un noble agraviado (Sugawara no Michizane, Taira no Masakado, el emperador Sutoku) al que el Estado apacigua con culto oficial y hasta con santuarios propios, del onryō común, que suele ser alguien sin poder en vida: una esposa, una criada, una enamorada. Su fuerza póstuma invierte esa impotencia. Al onryō se le aplaca con ritos funerarios completos, con oraciones y servicios memoriales, o completando lo que quedó a medias: en una variante célebre de la leyenda de Okiku, alguien grita «¡diez!» tras el noveno plato y el espectro, saldada la cuenta, desaparece. El exorcismo puro es raro; lo habitual es la reparación. Por eso el onryō es, más que un monstruo, una forma de memoria: el recordatorio de que un agravio no enterrado acaba volviendo a la superficie.
Reliquias
Simbología
Elemento
Rencor (urami)
Número
4
Color
Blanco fúnebre
Animales
Serpiente
Sigilos:
Rasgos
Poderes
Debilidades
Comportamiento
Resistencias
En el Atlas
Viaja por el mundo de origen de los seres y el cosmos de sus dimensiones.
Mitologías
El folclore japonés abarca tradiciones orales, mitos, leyendas y criaturas sobrenaturales como yōkai y kami, compiladas en textos ilustrados del período Edo por Toriyama Sekien en obras como Gazu Hyakki Yagyō y Konjaku Hyakki Shūi, reflejando creencias animistas sintoístas, temores ecológicos ante inundaciones y sequías, y el respeto por la naturaleza en ríos, lagos y arrozales de regiones como Shiga, Osaka y Kyoto.
Fuentes
Konjaku Monogatarishū
Compilador anónimo · siglo XII
Vasta colección japonesa de más de mil relatos (setsuwa) del final del periodo Heian (hacia el siglo XII). Reúne cuentos budistas, seculares y sobrenaturales de la India, China y Japón, y es fuente esencial de yōkai, oni y espíritus del folclore nipón.
Kwaidan: Historias y Estudios de Cosas Extrañas
Lafcadio Hearn · 1904
Colección de Lafcadio Hearn (1904) que recogió y tradujo leyendas sobrenaturales japonesas de tradición oral y las dio a conocer en Occidente. Referencia clásica del folclore de fantasmas y yokai.
Yotsuya Kaidan de Tsuruya Nanboku
Tsuruya Nanboku IV · 1825
Tōkaidō Yotsuya Kaidan, obra de teatro kabuki de Tsuruya Nanboku IV estrenada en 1825 en Edo. Dramatiza la venganza del espectro de Oiwa, deformada y muerta por su esposo Iemon, fijando la imagen clásica del onryō japonés y su rostro desfigurado.
Ugetsu Monogatari de Ueda Akinari
Ueda Akinari · 1776
Colección de cuentos sobrenaturales de Ueda Akinari (1776), «Cuentos de lluvia y luna», clásico del relato fantástico japonés.
Hyaku Monogatari (Cien cuentos de fantasmas) de Hokusai
Katsushika Hokusai · 1831
Serie de grabados ukiyo-e de Hokusai basada en el juego de los cien cuentos de fantasmas (hyakumonogatari) del terror japonés.
Nuevas formas de treinta y seis fantasmas, de Yoshitoshi
Tsukioka Yoshitoshi · 1889
Serie de grabados ukiyo-e de Tsukioka Yoshitoshi (1889-1892), «Nuevas formas de treinta y seis fantasmas», sobre espectros y leyendas.
Preguntas frecuentes
¿Qué diferencia a un onryō de cualquier otro yūrei?
El motivo del regreso. Todo onryō es un yūrei (un espíritu de difunto), pero no al revés: el yūrei puede volver por apego, por amor o por deber, mientras que el onryō vuelve por un agravio concreto que quedó sin reparar. Esa deuda define su conducta: no vaga, persigue.
¿Por qué se le representa con kimono blanco, pelo suelto y sin piernas?
El kimono blanco es el kyōkatabira, la mortaja con que se vestía a los difuntos; el pelo suelto rompe el peinado que el orden social exigía en vida; y la ausencia de piernas se estabiliza en la pintura de época Edo, cuyo primer retrato canónico la tradición atribuye a Maruyama Ōkyo. Es iconografía funeraria, no capricho.
¿Quiénes son los onryō más famosos?
Oiwa (Yotsuya Kaidan), Okiku (Banchō Sarayashiki) y Otsuyu (Botan Dōrō), las tres grandes historias de fantasmas de Japón. Los tres relatos tomaron forma entre los siglos XVII y XIX y pasaron del teatro y el grabado al cine.
¿Se puede aplacar a un onryō?
Sí, y suele ser la única salida: ritos funerarios completos, servicios memoriales o la reparación del agravio pendiente. En una variante de la leyenda de Okiku basta con gritar «¡diez!» tras el noveno plato. Al goryō aristocrático llegó a apaciguársele con culto oficial y santuarios propios.
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