Metatrón
Metatrón, el Príncipe de la Presencia
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De dónde sale Metatrón
Conviene empezar por lo que no es. El Libro de Enoc, el que se llama Primero y es del siglo III antes de nuestra era, no menciona a Metatrón ni una sola vez. El nombre aparece siglos más tarde, en la literatura judía de los palacios celestiales, y el texto que lo cuenta todo es el Tercer Libro de Enoc o Sefer Hejalot, de los siglos V o VI, donde un ángel se presenta ante el rabino Ismael diciendo: yo soy Enoc, el hijo de Jared.
Del nombre mismo nadie ha logrado dar cuenta. Se han propuesto un compuesto griego que significaría «junto al trono»; el latín metator, el agrimensor que en el ejército romano iba delante marcando el trazado del campamento, palabra que efectivamente pasó al hebreo rabínico; e incluso una relación con Mitra. Ninguna de las tres convence del todo, y esa sigue siendo la situación después de mil años de discusión.
Lo que el texto sí precisa es cuántos nombres tiene él: setenta, que son los que Dios le puso. Y el título que los resume, Príncipe de la Presencia, no describe un poder sino un puesto: estar de pie delante. El fundamento escriturario de todo el edificio es un solo versículo del Éxodo, donde Dios anuncia que envía un ángel delante de Israel al que hay que obedecer «porque mi nombre está en él». La tradición rabínica leyó ahí a Metatrón, y de esa lectura sale el resto.
Cómo lo describe el texto, y el cubo que no es suyo
El Sefer Hejalot es preciso donde el arte no llegó nunca: setenta y dos alas, treinta y seis a cada lado, cada una capaz de cubrir el mundo; trescientos sesenta y cinco mil ojos, cada uno como el sol; un trono hecho a la puerta del séptimo palacio, a imitación del trono de la Gloria; y una corona sobre la que se grabaron las letras con que fueron creados el cielo y la tierra. Iconografía antigua de él no existe ninguna. Es un ángel de texto, no de imagen, y todo retrato suyo es una ilustración moderna de una descripción antigua.
El Cubo de Metatrón, que hoy es lo primero que aparece al buscar su nombre, no pertenece a esta tradición. Es una figura de la geometría sagrada moderna, trazada uniendo con líneas rectas los trece círculos del llamado Fruto de la Vida, y no se encuentra en el Sefer Hejalot, ni en el Zóhar, ni en ningún manuscrito cabalístico medieval. Tomó prestado el nombre del ángel, no al revés: es un objeto del siglo XX con nombre del siglo VI. Merece figurar aquí porque es lo que la mayoría busca, pero conviene saber de dónde viene.
Lo mismo pasa con el color, las alas de luz y los cetros que le añaden las estampas devocionales contemporáneas. Nada de eso está en las fuentes. Lo que sí está, y es más raro que cualquier cetro, es que el ángel más alto de la corte tenga la biografía de un hombre que un día caminó por la tierra.
Escriba, príncipe y los sesenta latigazos
Su oficio es escribir. Metatrón registra los méritos de Israel y las obras de los hombres, y de ahí le viene el título de escriba celestial; el Sefer Raziel ha-Malaj, grimorio hebreo medieval, lo suma además como transmisor del saber que baja del trono a los hombres.
Su lugar en la corte está mal contado casi siempre. No manda sobre Miguel ni sobre Gabriel: no hay fuente antigua que lo diga, y quien capitanea los ejércitos celestes es Miguel. Tampoco es el príncipe de los serafines, que en el propio Sefer Hejalot es Serafiel. Lo suyo es otra cosa y no tiene coro: estar de pie ante la Presencia, que es un puesto de uno solo. A Sandalfón, al que la tradición identifica con Elías subido en el torbellino, se le empareja con él por simetría, dos hombres hechos ángeles; lo de «hermanos gemelos» es lenguaje esotérico tardío, no de las fuentes antiguas.
Y hay un límite que los textos se molestan en marcar. En el tratado Hagigá del Talmud, Aher entra al jardín, ve a Metatrón sentado y escribiendo, y concluye que quizá haya dos poderes en el cielo. El relato responde de la única manera que puede: a Metatrón le dan sesenta latigazos de fuego por estar sentado, porque un servidor está de pie. La escena no celebra su altura, la acota. Y la cábala posterior añadió una cautela más, distinguiendo entre un Metatrón primordial y el Enoc elevado, para que la promoción de un hombre no comprometiera al Creador. Todo lo que se dice de este ángel viene con esa cláusula al pie.
También conocido como
Reliquias
Simbología
Elemento
Fuego
Número
10
Color
Dorado
Animales
Águila, León
Sigilos:
Rasgos
Poderes
Debilidades
Comportamiento
Resistencias
Relaciones con otros seres
Rival de
Sirviente de
En el Atlas
Viaja por el mundo de origen de los seres y el cosmos de sus dimensiones.
Mitologías
Tradiciones esotéricas y cabalísticas dentro del judaísmo, que abarcan la mística de la Merkavá en la era talmúdica, la Cábala zohárica del siglo XIII, la Cábala lurianica del siglo XVI, el movimiento hasídico del siglo XVIII y diversas prácticas meditativas, contemplativas y visionarias destinadas a ascender por los mundos espirituales, invocar nombres divinos y alcanzar la unión mística con lo divino mientras se desentrañan los secretos del universo creador.
Fuentes
3 Enoc (Libro Hebreo de Enoc)
Anónimo · c. 500 d.C.
El Libro Hebreo de Enoc (3 Enoc o Sefer Hekhalot) es un texto místico judío medieval (siglo V-VI d.C.), atribuido a Enoc transformado en Metatrón. Describe jerarquías angélicas, príncipes caídos como Tamiel y visiones de los palacios celestiales (Hekhalot).
Sefer Raziel HaMalakh
Eleazar de Worms (atribuido a Raziel) · 1200
Grimorio judío medieval (hacia 1200) atribuido al ángel Raziel, que según la tradición lo entregó a Adán. Reúne cosmología, nombres angélicos y magia protectora; referencia central de la angelología esotérica.
Zóhar
Moisés de León · c. 1280
Obra cabalística fundamental del siglo XIII que expande la mitología de Lilith y sus descendientes demoníacos.
Segundo Libro de Enoc (Libro de los Secretos de Enoc)
Anónimo · s. I d. C.
Apocalipsis judío conservado en eslavo antiguo. Sitúa a los grigori en el quinto cielo y los describe con aspecto de hombres, más altos que los grandes gigantes, de rostros marchitos y bocas en silencio perpetuo.
Talmud de Babilonia, tratado Hagigá
Anónimo · ss. III-VI d. C.
Contiene el relato de los cuatro que entraron al jardín. Aher ve a Metatrón sentado y escribiendo y deduce que hay dos poderes en el cielo; el texto deshace el equívoco haciendo que a Metatrón le den sesenta latigazos de fuego, porque un servidor está de pie.
Preguntas frecuentes
¿Aparece Metatrón en el Libro de Enoc?
Depende de cuál. En el Primer Libro de Enoc, el del siglo III antes de nuestra era, no aparece ni una vez: ese texto habla de los Vigilantes y del juicio, no de Metatrón. El nombre pertenece al Tercer Libro de Enoc o Sefer Hejalot, ocho siglos posterior, donde el ángel se presenta ante el rabino Ismael como Enoc, hijo de Jared. Confundir los dos libros es el error más repetido sobre él.
¿Qué significa el nombre «Metatrón»?
No se sabe, y no por falta de propuestas. Se ha sugerido un compuesto griego con el sentido de «junto al trono»; el latín metator, el agrimensor que en el ejército romano marcaba el trazado del campamento, palabra que sí pasó al hebreo rabínico; e incluso un vínculo con Mitra. Ninguna se impone. Lo que las fuentes sí dicen es que tiene setenta nombres, y que el que los resume es Príncipe de la Presencia.
¿Qué es el Cubo de Metatrón?
Una figura de la geometría sagrada moderna, no un símbolo cabalístico. Se traza uniendo con rectas los trece círculos del llamado Fruto de la Vida, y no aparece en el Sefer Hejalot, ni en el Zóhar, ni en ningún manuscrito medieval. El nombre del ángel se le puso después: es un objeto del siglo XX bautizado con un nombre del siglo VI. Popular, sí; antiguo, no.
¿Es Metatrón el «YHVH menor»?
El epíteto existe, pero llega con una advertencia pegada. Aparece en la literatura de los palacios celestiales, apoyado en el versículo del Éxodo donde Dios dice de su ángel que «mi nombre está en él». Y es precisamente ahí donde las fuentes ponen el freno: en el tratado Hagigá, Aher ve a Metatrón sentado, deduce que hay dos poderes en el cielo, y el relato zanja el equívoco haciendo que a Metatrón le den sesenta latigazos de fuego. El título es alto; la cláusula es explícita.
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